María Félix, Doña por siempre

María Félix, Doña por siempre

María Félix, Doña por siempre

Es de madrugada y Beatriz despierta de un sueño profundo. El trío Calavera interpreta al pie de su ventana “La malagueña”. El General José Juan Reyes le ha traído serenata. Lánguida y todavía somnolienta, la hermosa joven abre lentamente los ojos que se revelan como dos luceros deslumbrantes de infinita belleza.

La fotografía de Gabriel Figueroa habrá de inmortalizar esa mirada embelesadora, en la cinta Enamorada (1946), dirigida por Emilio “El Indio” Fernández.

Reconocido como el close up más famoso y emblemático del cine mexicano, el acercamiento extremo a los ojos de María Félix era también el asomo a una figura excepcional que no tuvo par y que se consagró como una de las máximas personalidades de la pantalla grande en el país.

Nace una luminaria

Aunque nunca soñó con llegar a ser una estrella de cine, pues se sabía “alebrestrada” y su madre le había enseñado a “no dejarse de nadie”, María de los Ángeles Félix Güereña comenzó muy joven a recorrer el derrotero de su destino.

Recientemente divorciada del vendedor de cosméticos con el que se había casado, la sonorense se traslada desde Guadalajara hacia la Ciudad de México para emprender una nueva vida.

Ya en la capital, mientras caminaba por las calles del centro, María es inesperadamente “descubierta” por el cineasta Fernando Palacios, quien le propone incursionar en la industria fílmica, obviamente, como actriz.

No obstante su negativa inicial, la Félix debuta a mediados de los años 40 en el Baile en blanco y negro del Country Club. Su primer protagónico vino con El peñón de las ánimas (1942), filme de Miguel Zacarías en el que alternó con el actor Jorge Negrete, con quien tuvo diversos roces que entorpecieron el rodaje.

Bien conocida es la anécdota en la que el también cantante, cansado de los desplantes y desatinos de la incipiente actriz le pregunta: “Y usted con cuántos se tuvo que acostar para conseguir el papel?”, a lo cual María respondió altanera: “Con ninguno, ¿y usted?”.

Ese sería el comienzo de una tortuosa relación de amor y odio que luego de 10 años culminaría en matrimonio, un enlace que duró apenas once meses debido a la súbita muerte del charro cantor a causa de una cirrosis.

La paradoja Félix

Aunque los papeles interpretados por María Félix retrataban a mujeres fuertes, seguras y dominantes –una verdadera paradoja para un país en extremo machista como México– fue el personaje de Doña Bárbara, una fémina despótica y devora-hombres, la que le dio igual fama a la intérprete.

Justamente ese papel fue el que le valiera el mote de la “Doña”, el constructo de un mito alimentado por la propia María.

Y es que a partir de entonces, “el éxito de ella no depende ya de sus películas o de la actriz; el éxito fue haberse construido ese formidable personaje que era María Félix. Lo que el espectador ve es a María Félix; el filme o el personaje que se le asignan van siendo cada más insignificantes”, indicaría en una entrevista el escritor Carlos Monsiváis, quien además consideraba que la Doña resultaba “antipática, pero se le perdona porque era nuestra”.

A pesar de la fiereza de sus papeles, María Félix no logró la emancipación de las mujeres, quienes, al menos en el cine mexicano, siguieron siendo por mucho tiempo figuras secundarias.

Triunfal en el viejo continente

La Doña no sólo descolló en México. A mediados de los años 50, mientras aún estaba casada con el músico y compositor, Agustín Lara, fue invitada a trabajar en España, lo que le dio el pretexto ideal para terminar con esa unión que se había vuelto insoportable debido a los celos enfermizos del Flaco de Oro.

En el viejo continente, María, María de Todititos los Ángeles, como la llamaba su amigo, el poeta Efraín Huerta, respira nuevos aires que refrescan su carrera. Filma bajo las órdenes de directores como Jean Renoir, Yves Ciampi, Carmine Gallone y Richard Pottier, en largometrajes como French Can Can (1954), La Bella Otero (1954), Messalina (1951) y Los héroes están fatigados (1955).

Y aunque Hollywood la llamó en un par de ocasiones, la Doña no estaba interesada en representar papeles de ‘india cheyenna’ (sic).

El paso de María por el cine europeo le abrió los horizontes. Fue en París que conoció a Alex Berger, un banquero suizo con el que sostuvo una sólida relación amorosa a lo largo de casi dos décadas.

Dirigida por cineastas mexicanos como Roberto Gavaldón, Julio Bracho, Fernando de Fuentes, Ismael Rodríguez y Juan Ibáñez; modelo de artistas como Leonora Carrington José Clemente Orozco y Diego Rivera; y amiga de escritores, intelectuales y creadores como Octavio Paz, Xavier Villaurritia, Pablo Picasso y Salvador Dalí, la Doña se sentía como pez en el agua en ese mundo de privilegio para el que creía estar predestinada: “Yo no necesitaba llegar; ya estaba”, afirmaba la actriz.

Luego de una prolífica trayectoria en la que se cuentan 47 películas y algunos trabajos para la pantalla chica, María Félix se retiró de la actuación para dedicarse a atender una agitada vida social, propia de los exclusivos miembros del jet set internacional.

La muerte la sorprendió en su departamento de Polanco, en la Ciudad de México, el 8 de abril de 2002 en la madrugada de su cumpleaños número 88.

Culminaba la historia de una figura notable y comenzaba la leyenda de una diva excepcional, la mujer que interpretó hasta el último segundo de su vida el protagónico que la encumbró y la convirtió en Doña por siempre.

Sandra Karina Hernández (@sandra_karina)

Comentarios